Cuentan que, en cierta ocasión, entró una niña en el taller de un escultor. Por un largo rato, estuvo disfrutando de todas las cosas asombrosas del taller: martillos, cinceles, pedazos de esculturas desechadas, bocetos, bustos, troncos…, pero lo que más impresionó a la niña fue una enorme piedra en el centro del taller. Era una piedra tosca, llena de magulladuras y heridas, desigual, traída en un penoso y largo viaje desde la lejana sierra. La niña estuvo acariciando con sus ojos la piedra y, al rato, se marchó. Volvió la niña al taller a los pocos meses, y vio sorprendida que, en el lugar de la enorme piedra, se erguía un hermosísimo caballo que parecía ansioso de liberarse de la inmovilidad de la estatua y ponerse a galopar. La niña se dirigió al escultor y le dijo: ¿Y cómo sabía usted que dentro de esa piedra se escondía ese caballo? Dentro de cada uno de nosotros se encuentra un tesoro, pero debemos entender que sólo se manifestará, a través de cada cincelada d...
i Perder un brazo no es razón para quedarse sin él. Al menos eso es lo que piensa Ángel Sanguino, un joven venezolano técnico en electrónica, que decidió fabricarse uno mecánico, adaptado a sus actividades laborales y a sus necesidades, tras perder uno de ellos, a los 33 años, en un accidente. Aunque le recomendaron acostumbrarse a su discapacidad, ya son dos los brazos electrónicos que se ha hecho, y no para. Entre los nuevos proyectos que tiene está fabricar otro, esta vez robótico, y mejorar miembros para personas con discapacidad con el fin de ayudar a los que, como él, deben sustituir alguno. Este joven caraqueño perdió el brazo hace poco más de un año, justo una semana antes de enterarse que iba a ser padre por primera vez. Eso le llevó a dejar de un lado el luto por la pérdida del miembro y a activarse en la búsqueda de una solución para seguir trabajando y atender al primogénito por nacer. “Me puse a diseñar un brazo cuando todavía estaba en terapia intensiva”, contó ...
Me senté en el mismo asiento de siempre en el autobús escolar que nos llevaría a casa. Siempre era la primera en subir, y siempre estaba sola, no tenía amigos en secundaria. En cambio los demás jóvenes entraban hablando con alguien. No importa cuánto hubiera rogado a Dios por un amigo, no tenía a nadie. De repente un joven se sentó a mi lado. Me dijo que se llamaba Jack y que siempre me veía sola. Jack no paró de hablar hasta que se bajó en la parada de la iglesia de nuestra localidad. Esa semana la pasé genial con Jack en el autobús. Siempre teníamos un buen tema del cual conversar. Pero a la semana siguiente mi nuevo amigo no apareció. A esas alturas ya estaba acostumbrada a hablar mientras el autobús nos llevaba. De repente sentí una vocecita que me decía que hablara. Me atreví a conversar con una muchacha llamada Valentina que se bajaba en la misma parada que Jack. Le pregunté por mi amigo, pero ella me dijo que no conocía a ningún Jack y que nunca lo había visto. Tratando de...
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